Diana Isabel Jaramillo

260 SEMANAS.

POR: DIANA ISABEL JARAMILLO.

“Yo abriría una escuela de vida interior, y escribiría en la puerta: Escuela de arte.” Así como Max Jacob, María Eugenia Jiménez Melo define a la vida como a la pintura: un eterno aprendizaje una infinita experimentación. Se describe a sí misma como pintora. No se tiene el oficio de ser artista, se es, afirma. Ella no pinta para vivir, sino que vive porque pinta.

María Eugenia es lo que pinta y sus obras son ella.

En “260 semanas”, la nobleza de su espíritu se hace presente: ante todo, vivir. El título viene al caso porque en ese periodo, Maru respira gracias a la pintura que no deja que la conciencia sea vencida. Decía Plinio el Viejo: “Cuando los hombres no pueden destruir los hechos, atacan la exaltación de los mismos.” Maru se dio a la tarea de acatar la incapacidad de parar el reloj, y con él: el calendario, y con ellos: el dolor físico de ver pasar el tiempo. Así creó esta serie que conjunta varias técnicas: óleo, acrílico, lápiz, que no busca recompensa a su virtud, sino crear la memoria de esos días dispares, incomprensibles: históricos.

En esta obra, el arte y el tiempo son una tautología en sí misma, como lo indicó Didi Huberman en La imagen superviviente, al reflexionar sobre una frase de Winckelmann, al final del prólogo de Historia del arte entre los Antiguos, “Esta historia del arte se la dedico al arte y al tiempo”. De igual manera, Maru en “260 semanas”, comparte con el mundo su idea del mundo. A la manera de Pedro Antonio Urbina, Maru nos comparte su obra de arte es una, y que ha surgida de una idea-bella.
La artista expresaría de esta colección que es “una posibilidad permanente”: una atinada contradicción con el título “260 semanas”, coherente también con la experimentación que se aprecia en cada obra de la Obra, y consolida la serie. En ella, se nos vierte el espacio sideral, que es real y al mismo tiempo es una ilusión; el espacio imaginario, donde la vida extraterrestre es posible; un área verde, infinita, donde no es posible contar cuántas plantas lo integran; un jardín de cemento, lo cual no le quita lo lúdico; el espacio donde estuvo Ofelia, el cuerpo inerte, donde se creó su leyenda, y sigue allí durmiendo el sueño, porque así lo indica el vacío que dejó en su lugar.
En suma: en “260 semanas”, María Eugenia Jiménez Melo muestra lo acequible de cada recuerdo, pensamiento, y lo indefinible de cada segundo, minuto, hora, día, semana. Cuánto podemos almacenar de imágenes en cinco años, de sueños, proyectos, tristezas, desesperanzas. Ese fue el intento, reunir esos días en una sola idea, encapsular las semanas, para que no vuelvan, pero al verlas plasmadas, que sigan, que se repitan. Permanentemente, así será.

 

Diana Isabel Jaramillo es Doctora en Literatura y Expresión del Español.